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8.6.06

Los Aportes de la Escuela de Palo Alto a la Teoría de la Comunicación

El Camino Hacia la “Nueva Comunicación”.

Breve Apunte Sobre las Aportaciones de la Escuela de Palo Alto

Por Marta Rizo



Para abrir el debate


Desde el primer tercio del siglo XX hasta la actualidad, la teoría

de la comunicación se ha ido construyendo desde perspectivas muy

diferentes. Desde la teoría físico-matemática de Shannon y Weaver,

conocida como “Teoría matemática de la información”, hasta la teoría

psicológica con base a la percepción propuesta por Abraham Moles,

pasando por una teoría social con base en la lengua –Saussure-, con

base en la antropología cognitiva –Levi Strauss- o con base a la

interacción –Bateson, Watzlawick, Goffman. Y más aún, también han

destacado las aportaciones en el campo de los efectos de la

comunicación de masas, un ámbito representado por nombres como

Lasswell, Lazarsfeld, Berelson y Hovland, y las teorías críticas de

la comunicación, promovidas desde la Escuela de Frankfurt por

intelectuales como Adorno, Horkheimer y Marcuse, entre otros.

Este panorama pone en evidencia la complejidad del asunto, las

múltiples aportaciones con que se ha tratado de dotar de coherencia

a lo que conocemos como Teoría de la Comunicación. Ello es

resultado, entre otros factores, de la polisemia misma del concepto

de comunicación.


Es sabido que la comunicación puede entenderse como la interacción

mediante la que gran parte de los seres vivos acoplan sus

respectivas conductas frente al entorno mediante la transmisión de

mensajes, signos convenidos por el aprendizaje de códigos comunes.

También se ha concebido a la comunicación como el propio sistema de

transmisión de mensajes o informaciones, entre personas físicas o

sociales, o de una de éstas a una población, a través de medios

personalizados o de masas, mediante un código de signos también

convenido o fijado de forma arbitraria. Y más aún, el concepto de

comunicación también comprende al sector económico que aglutina las

industrias de la información, de la publicidad, y de servicios de

comunicación no publicitaria para empresas e instituciones. Estas

tres acepciones ponen en evidencia que nos encontramos, sin duda

alguna, ante un término polisémico.


El debate académico en torno a la comunicación ha sido dominado por

una perspectiva que reduce el fenómeno comunicativo a la transmisión

de mensajes a través de los llamados medios de difusión. Sin ánimos

de considerar vacío e innecesario dicho debate, consideramos que la

comunicación va más allá de esta relación mediada. Es, antes que

nada, una relación interpersonal.


Desde esta perspectiva, hablar de comunicación supone acercarse al

mundo de las relaciones humanas, de los vínculos establecidos y por

establecer, de los diálogos hechos conflicto y de los monólogos que

algún día pueden devenir diálogo. La comunicación es la base de la

interacción social, y como tal, es el principio básico de la

sociedad, su esencia. Sin comunicación, diría Niklas Luhmann (1993),

no puede hablarse de sistema social:


Todo lo que es comunicación es sociedad (...) La comunicación se

instaura como un sistema emergente, en el proceso de civilización.

Los seres humanos se hacen dependientes de este sistema emergente

de orden superior, con cuyas condiciones pueden elegir los

contactos con otros seres humanos. Este sistema de orden superior

es el sistema de comunicación llamado sociedad (Luhmann, 1993:

15).


Por tanto, la sociedad y la cultura deben su existencia a la

comunicación. Es en la interacción comunicativa entre las personas

donde, preferentemente, se manifiesta la cultura como principio

organizador de la experiencia humana. En este sentido, la vida

social puede ser “entendida como organización de las relaciones

comunicativas establecidas en el seno de los colectivos humanos y

entre éstos y su entorno” (Moreno, 1988: 14).


Aproximación sistémica a la comunicación


La concepción anterior apunta a situar el debate en una aproximación

sistémica de la comunicación. Desde este enfoque, la comunicación se

puede definir como un “conjunto de elementos en interacción en donde

toda modificación de uno de ellos afecta las relaciones entre los

otros elementos” (Marc y Picard, 1992: 39). Esta definición nos

acerca al concepto de sistema, cuyo funcionamiento se sustenta a

partir de la existencia de dos elementos: por un lado, la energía

que lo mueve, los intercambios, las fuerzas, los móviles, las

tensiones que le permiten existir como tal; y por el otro, la

circulación de informaciones y significaciones, misma que permite el

desarrollo, la regulación y el equilibro del sistema.

En este sentido, la comunicación es un sistema abierto de

interacciones, inscritas siempre en un contexto determinado. En

palabras de Marc y Picard (1992: 39), como sistema abierto la

comunicación obedece a ciertos principios. Primero, el principio de

totalidad, que implica que un sistema no es una simple suma de

elementos sino que posee características propias, diferentes de los

elementos que lo componen tomados por separado. Segundo, el

principio de causalidad circular, que viene a decir que el

comportamiento de cada una de las partes del sistema forman parte de

un complicado juego de implicaciones mutuas, de acciones y

retroacciones. Y tercero, el principio de regulación, que afirma que

no puede existir comunicación que no obedezca a un cierto número

mínimo de reglas, normas, convenciones. Estas reglas son las que,

precisamente, permiten el equilibrio del sistema.


Los tres principios apuntados en el párrafo anterior constituyen una

de las principales aportaciones de la Escuela de Palo Alto a la

comprensión de la comunicación. En la obra clásica de Watzlawick,

Beavin y Jackson, Teoría de la comunicación humana (1971), se hace

hincapié en estos principios básicos del sistema. La totalidad se

explica afirmando que “cada una de las partes de un sistema está

relacionada de tal modo con las otras que un cambio en una de ellas

provoca un cambio en todas las demás y en el sistema total”

(Watzlawick et. al., 1971: 120).


El principio de causalidad circular se explica a partir del concepto

de retroalimentación, proveniente del enfoque cibernético inaugurado

por Norbert Wiener en 1948 1. Por último, el principio de regulación

es nombrado a partir del término equifinalidad, comprendido como el

conjunto de mecanismos que dotan de estabilidad al sistema.


Todo lo anterior pone en evidencia que la comunicación, antes que

nada, es un sistema abierto de interacciones. De hecho, las primeras

definiciones de comunicación apuntan a su vertiente interpersonal,

relacional, más que a la concepción mediada que ha prevalecido y

dominado el pensamiento sobre comunicación a lo largo de su

existencia como campo académico. El predominio de los medios de

difusión como centro de la reflexión oscurece las aportaciones de

todo lo concerniente al diálogo, al vínculo entre seres humanos, a

la capacidad de éstos para comunicarse consigo mismos, con los otros

y con el entorno físico y simbólico en el que se desenvuelven.


Comunicación e Interacción: algunas definiciones


La comprensión de la comunicación como interacción se fundamenta en

una tesis amplia que concibe a la primera como telón de fondo de

toda acción social. Ya Talcott Parsons 2 (1966) señaló que la acción

social no consiste tan sólo en respuestas particulares ante

estímulos situacionales particulares, sino que el agente envuelve la

relación de un verdadero sistema de expectativas relativas a la

configuración social en que se encuentra. El concepto de interacción

social organizada parece ser el que mejor define la relación social.

Aunque las interacciones sociales en forma de relaciones terminan

por fijarse ritualmente en esquemas de conducta social.


Acción e interacción


Inevitablemente, así entonces, en el estudio de la comunicación en

el medio social, ésta se halla relacionada con los conceptos de

acción e interacción. La acción social puede ser entendida desde la

perspectiva positiva de Émile Durkheim (1973) como el conjunto de

maneras de obrar, pensar y sentir, externas al individuo y dotadas

de un poder coercitivo, en cuya virtud se imponen a él3. O puede ser

entendida desde la perspectiva subjetivista de Max Weber (1977), en

la medida en que los sujetos de la acción humana vinculen a ella un

significado subjetivo, referido a la conducta propia y de los otros,

orientándose así cada una en su desarrollo. O puede finalmente

comprenderse a partir de la fusión de la óptica positiva y

subjetiva, que se integran en el concepto más holístico de praxis

social, desde la que todo conocimiento humano individual, inserto en

el conocimiento social, está basado en las relaciones sociales de

producción y transformación de la realidad, que han sido fijadas por

los propios hombres en un proceso de desarrollo real y material de

las condiciones históricas dadas.


Los seres humanos establecen relaciones con los demás por medio de

interacciones que pueden calificarse como procesos sociales4. Así,

la comunicación es fundamental en toda relación social, es el

mecanismo que regula y, al fin y al cabo, hace posible la

interacción entre las personas. Y con ella, la existencia de las

redes de relaciones sociales que conforman lo que denominamos

sociedad. Así entonces, los seres humanos establecen relaciones con

los demás por medio de interacciones que pueden calificarse como

procesos sociales. Y como ya quedó claro, toda interacción se

fundamenta en una relación de comunicación.


Aaron Cicourel (1979) toma la noción de “esquema común de

referencia” de Alfred Schutz (1964) para definir toda situación de

de comunicación. Según el autor:

A partir de los procesos interpretativos los actores pueden

comprender diferentes acciones comunicativas, reconocer las

significaciones y las estructuras subyacentes de las acciones

comunicativas, asociar las reglas normativas generales a las

escenas de interacción vividas por medio del conocimiento

socialmente distribuido, desglosar la interacción en secuencias

(Cicourel, 1979: 13).


Los elementos simbólicos, “susceptibles de ser dotados de un

significado subjetivo por parte de las personas implicadas en la

acción” (Gómez Pellón, 1997: 110), son los que nos permiten hablar

de la interacción social. Y dado que toda interacción social se

fundamenta en la comunicación, es pertinente hablar de interacción

comunicativa.


En términos generales, la interacción puede concebirse como la

acción recíproca entre dos o más agentes. Sin embargo, situándonos

en un marco de reflexión un tanto más complejo, interesa remarcar

que, al margen de quién o qué inicie el proceso de interacción, el

resultado de ésta es siempre la modificación de los estados de los

participantes.

Desde el nacimiento de las ciencias sociales y humanas, la

interacción social se erigió como uno de sus conceptos básicos.

Además, este término ha favorecido un avance muy destacado en campos

de conocimiento como la psicología social y la sociología

fenomenológica. Desde este punto de vista, por tanto, el concepto de

interacción hace referencia a la emergencia de una nueva perspectiva

epistemológica en la que los procesos de comunicación entre seres

humanos pasan a ocupar un lugar central para la comprensión de los

fenómenos sociales. Todo esto se relaciona con la concepción de la

persona como un ser social, un ser que sólo puede desarrollarse como

tal a través de la comunicación con sus semejantes.


La interacción comunicativa es un proceso de organización discursiva

entre sujetos que, mediante el lenguaje, actúan en un proceso de

constante afectación recíproca. La interacción es la trama

discursiva que permite la socialización del sujeto por medio de sus

actos dinámicos, su adaptación al entorno y la comprensión de las

acciones propias y ajenas.


La interacción como “corazón” de la comunicología


En la propuesta de “Hacia una comunicología posible”, impulsada y

coordinada por Jesús Galindo, se apuntan cuatro dimensiones

comunicológicas fundamentales, que de menor a mayor complejidad, son

las siguientes: expresión, difusión, interacción y estructuración5.

La dimensión de la interacción aborda la configuración y

organización de sistemas de comunicación, esto es, el desarrollo de

vínculos entre seres vivos. Esta dimensión es, según Jesús Galindo,

el “corazón de la comunicología” (Galindo, 2004) y se ha

desarrollado fundamentalmente a partir de las aportaciones de la

Psicología Social, la Sociología Fenomenológica y la Cibernética

–tanto de primer como de segundo orden-. Paradójicamente, pese a que

las primeras definiciones de la comunicación apuntan sobre todo a su

dimensión de establecimiento de vínculos e interacciones, son

todavía muy escasas las aportaciones que se han realizado a esta

dimensión desde el campo académico de la comunicación. La difusión

sigue siendo la dimensión fundamental en torno a la que se

estructura la mayor parte del pensamiento comunicológico.


En el marco del proyecto “Hacia una comunicología posible” se han

desarrollado sistemas de información bibliográfica que permiten

ordenar o dotar de coherencia a la producción académica sobre

comunicación. El análisis de estos sistemas ordenadores de la

producción campal deja ver, claramente, el predominio de la

dimensión de la difusión. En el terreno de la interacción son muchas

menos las obras consideradas como fundamentales para la

Comunicología. Y cabe destacar, además, que casi todas ellas,

provienen de disciplinas distintas a la comunicación, lo cual

confirma la hipótesis de que nuestro campo todavía no presta mucha

atención a este ámbito del pensamiento comunicológico. La Escuela de

Palo Alto, así como la corriente del Interaccionismo Simbólico, son

los que aportan mayor parte de la obra en torno a la dimensión

comunicológica de la Interacción6 . Este elemento hace que

consideremos importante, por tanto, la revisión de los principales

aportes de estas escuelas al campo de la comunicación.


La Escuela de Palo Alto: hacia una “Nueva Comunicación”


La preocupación por la interacción no es nueva en la agenda de las

ciencias sociales. Ya desde los años ciencuenta, los investigadores

de la llamada “Escuela de Palo Alto”, también conocida como “Colegio

Invisible”, dieron cuenta de las situaciones globales de interacción

de las que participa el ser humano. Si bien durante esa época el

modelo lineal de la comunicación propuesto por Shannon y Weaver

gozaba de una posición dominante en la reflexión teórica sobre la

comunicación, algunos investigadores norteamericanos trataron de

partir de cero en el estudio de los fenómenos comunicativos. Fue así

como se pasó del modelo lineal al modelo circular de la

comunicación, enormemente influido por las ideas de la cibernética

–de la que proviene el concepto de feed-back o retroalimentación-7.


Por oposición al modelo lineal de Shannon y Weaver, conocido también

como el “Modelo telegráfico”, la propuesta de la Escuela de Palo

Alto se conoce, también, como “Modelo orquestral de la

comunicación”. En palabras de Yves Winkin (1982: 25), “el modelo

orquestral, de hecho, vuelve a ver en la comunmicación el fenómeno

social que tan bien expresaba el primer sentido de la palabra, tanto

en francés como en inglés: la puesta en común, la participación, la

comunión”.


Para los representantes de Palo Alto, procedentes de disciplinas

como la antropología (Gregory Bateson, Ray Birdwhistell, Edward

Hall), la sociología (Erving Goffman) y la psiquiatría (Paul

Watzlawick, Don Jacskon), entre otras, la investigación y reflexión

sobre la comunicación sólo puede darse a partir de la formulación de

la siguiente pregunta: ¿Cuáles son, entre los millares de

comportamientos corporalmente posibles, los que retiene la cultura

para constituir conjuntos significativos?. Para hallar respuestas a

esta interrogante, los investigadores del Colegio Invisible

partieron, en un primer momento, de tres consideraciones básicas:


a. La esencia de la comunicación reside en procesos de relación e

interacción.


b. Todo comportamiento humano tiene un valor comunicativo.


c. Los trastornos psíquicos reflejan perturbaciones de la

comunicación.


La principal aportación de esta corriente de pensamiento es que “el

concepto de comunicación incluye todos los procesos a través de los

cuales la gente se influye mutuamente” (Bateson y Ruesch, 1984). La

comunicación fue estudiada, por tanto, como un proceso permanente y

de carácter holístico, como un todo integrado, incomprensible sin el

contexto en el que tiene lugar. La definición de comunicación que se

puede extraer de la obra de estos autores es común a todos los

representantes de la Escuela de Palo Alto. En uno de los pasajes

iniciales del libro, Bateson y Ruesch (1984: 13) afirman que “la

comunicación es la matriz en la que se encajan todas las actividades

humanas”. De ahí que este enfoque inaugure una forma de comprender

la comunicación mucho más amplia, superando el enfoque anterior y

ubicando la reflexión sobre la comunicación en un marco holístico,

como fundamento de toda actividad humana.


Los denominados “Axiomas de la comunicación” ponen en evidencia las

ideas anteriores. Según Watzlawick, Beavin y Jackson (1971), es

imposible no comunicar, por lo que en un sistema dado, todo

comportamiento de un miembro tiene un valor de mensaje para los

demás; en segundo lugar, en toda comunicación cabe distinguir entre

aspectos de contenido o semánticos y aspectos relacionales entre

emisores y receptores; como tercer elemento básico, los autores

señalan que la definición de una interacción está siempre

condicionada por la puntuación de las secuencias de comunicación

entre los participantes; por último, establecen que toda relación de

comunicación es simétrica o complementaria, según se base en la

igualdad o en la diferencia de los agentes que participan en ella,

respectivamente.


El planteamiento de estos axiomas rompe con la visión unidireccional

o lineal de la comunicación. De alguna manera, los axiomas marcan el

inicio para comprender que la comunicación no es sólo cuestión de

acciones y reacciones; es algo más complejo, y debe pensarse desde

un enfoque sistémico, a partir del concepto de intercambio. Así

entonces, “la comunicación en tanto que sistema no debe pues

concebirse según el modelo elemental de la acción y la reacción, por

muy complejo que sea su enunciado. En tanto que sistema, hay que

comprenderla al nivel de un intercambio” (Birdwhistell, 1959: 104)8.

Los axiomas de la comunicación vienen a confirmar el modelo

relacional, sistémico, que enmarca toda la reflexión sobre los

fenómenos comunicativos realizada desde la Escuela de Palo Alto. En

una situación comunicativa, por tanto, es la relación misma lo

fundamental que hay que estudiar, más que las personas que están

implicadas en ella. De ahí que la interacción se erija como el

centro del debate y como el objeto a atender antes que cualquier

otro elemento 9.


Encuadrar las observaciones


Ver la comunicación de forma holística, ubicarla en el marco de un

contexto determinado, obliga a pensar las metodologías o formas de

acercarse a ella. Alex Mucchielli (1998) recupera los aportes de la

Escuela de Palo Alto y afirma que, según este enfoque, “una acción,

una comunicación, es decir, una interacción, si se analizar por sí

misma carece de sentido” (Mucchielli, 1998: 42). En este sentido,

hace hincapié en una de las ideas fundamentales aportadas por Paul

Watzlawick, quien en una de sus obras principales afirma que “un

segmento aislado de comportamiento es algo que formalmente no se

puede definir, es decir, que carece de sentido” (Watzlawick et. al.,

1971: 37). Estas consideraciones ponen en evidencia que el contexto

es una de las categorías analíticas fundamentales para el estudio de

la comunicación. Así pues, las acciones, las interacciones, no

pueden entenderse si no se ubican en un contexto, sin atender al

sistema en el que se realizan o tienen lugar.


Todas estas afirmaciones se sintetizan con lo que los investigadores

de la Escuela de Palo Alto nombraron como “encuadrar las

observaciones” (Watzlawick et. al., 1971), lo cual significa que

“hay que aprender a mirar todo el entorno de un fenómeno

comunicativo para poder percibir el conjunto de actores implicados”

(Mucchielli, 1998: 46).


En el mismo tenor, los mismos investigadores se situaron en lo que

se denomina investigación hic en nunc. La lectura de un pasaje de la

obra de Watlawick puede hacer comprensible la naturaleza básica de

este tipo de investigación:


Sin ninguna duda, el comportamiento se encuentra determinado, al

menos parcialmente, por la experiencia anterior, pero se es

consciente de lo aventurado que resulta buscar las causas en el

pasado... La memoria se basa esencialmente en pruebas

subjetivas... Pero todo lo que A le dice a B sobre su pasado está

ligado estrechamente a la relación actual en curso entre A y B y

se encuentra determinado por dicha relación. Si, por el contrario,

se estudia directamente la comunicación de un individuo con los

miembros de su entorno... se pueden llegar a identificar

diferentes modelos comunicativos de valor diagnóstico, que

permitan determinar una estrategia de intervención terapéutica tan

apropiada como sea posible. Este tipo de enfoque constituye más

bien una investigación hic et nunc que una investigación del

sentido simbólico, de las motivaciones o de las causas deducidas

del pasado... El síntoma... deja percibir bruscamente su

significación si se lo reemplaza en el contexto de interacción

actualmente en curso entre un individuo y su medio humano. El

síntoma aparecerá como una redundancia, como una regla de ese

“juego” específico que caracteriza su interacción, y no como el

resultado de un conflicto sin resolver entre dos fuerzas

intrapsíquicas superpuestas (Watzlawick et. al., 1971: 40-41).


El pasado, así entonces, es sustituido por la situación de

interacción presente, la que se está dando “aquí y ahora”. Esta

forma de abordar la comunicación constituyó una novedad. El punto de

vista determinista según el cual lo pasado influye necesaria y

directamente sobre lo presente, se deja a un lado para dotar de

mayor importancia al momento actual, a la situación comunicativa

que, enmarcada en un contexto determinado pero presente, es

portadora del significado sustantivo que caracteriza a esa misma

situación de interacción.


Aunado a este enfoque presente, otro cambio importante en la

perspectiva propuesta por la Escuela de Palo Alto para el abordaje

de los fenómenos comunicativos es la importancia otorgada al qué y

al como de la situación, abandonando la reflexión sobre las causas

de las situaciones y los sujetos mismos que en ellas participan.

Atendiendo a esta idea, se puede decir que la perspectiva

interaccional


Es algo nuevo... examina los acontecimientos y los problemas en

términos de comportamientos entre individuos de un sistema de

relaciones sociales... se dirige hacia el “qué” y el “cómo” de la

situación (en vez de hacia el por qué o el quién)... le interesa

menos el origen o los fines últimos que la situación actual, así

como el modo en el que se perpetúa y se podría modificar

(Weakland, 1977: 456).


Para cerrar...


En este texto se han repasado algunos de los aportes básicos de las

investigaciones realizadas desde la Escuela de Palo Alto para el

estudio de los fenómenos comunicativos. Se ha situado el centro del

debate en el concepto de Interacción, comprendida como el fundamento

de las situaciones comunicativas, por un lado, y como corazón

conceptual para la construcción de la comunicología, por el otro.

Luego de establecer algunas relaciones conceptuales entre

comunicación, interacción y acción social, se han expuesto los

denominados axiomas de la comunicación concretados por los

investigadores de la Escuela de Palo Alto. Estos axiomas son, a

nuestro entender, los que justifican el paso de un modelo lineal de

la comunicación a un modelo circular, o lo que es lo mismo, los que

explican el paso del “modelo del telégrafo” al “modelo orquestral”

(Winkin, 1982).


Lo interesante de la Escuela de Palo Alto es que, junto con las

aportaciones de la corriente del Interaccionismo Simbólico, pone en

evidencia la importancia de retomar y de hacer observable la

comunicación atendiendo a su significado primero: la puesta en

común, el diálogo, la comunión.


La intención de este artículo no ha sido examinar en profundidad los

aportes de la Escuela de Palo Alto a los estudios de la

comunicación. Más bien se han tratado de sentar las bases mínimas

para la comprensión de la naturaleza de estos enfoques, y de exponer

brevemente una forma de conceptuar la comunicación que poco tiene

que ver con la comunicación mediada a través de los medios de

difusión masiva, que sin duda sigue siendo la acepción que goza de

mayor aceptación no sólo en el campo académico de la comunicación

sino también socialmente.


Explorar la dimensión comunicológica de la interacción pasa por

revisar fuentes teóricas como la psicología social, la cibernética y

la sociología fenomenológica. Y la Escuela de Palo Alto, por la

diversidad y heterogeneidad de sus principales exponentes, toma

partido en las tres fuentes. La “Nueva comunicación” está apuntada,

pero queda mucho por hacer, mucho por discutir y reflexionar, para

recuperar la naturaleza del compartir, del vincular, del poner en

común... Para recuperar el corazón conceptual de la comunicación que

hoy en día parece estar secundado.


Notas:

1 La obra de Norbert Wiener que inaugura, de alguna forma, el

enfoque cibernético es Cibernética, o el control y comunicación en

animales y máquinas (Barcelona, Tusquets, 1985).

2 De hecho, Parsons (1966) concibe al complejo de comunicaciones

interpersonales como uno de los elementos que conforman cualquier

estructura comunitaria; para el autor, las relaciones de interacción

entre dos personas están relacionadas en su aspecto físico, dos

lugares discernibles entre sí; pero la comunidad no se queda en este

mero intercambio físico o espacial, ya que la comunicación siempre

supone el poseer una cultura común.

3 Para Durkheim (1973) existe, por encima de las representaciones

privadas de los sujetos, un mundo de “nociones-tipo” que regula las

ideas y que supera al propio individuo. Así entonces, el individuo

interactúa con estos códigos para transformarlos y estructurarlos

según su interpretación personal.

4 Según la tesis interaccionista, la construcción cognoscitiva del

sujeto se produce por la interacción con el medio ambiente, a través

de una relación de interdependencia o de bidireccionalidad entre el

sujeto cognoscente y el objeto cognoscible.

5 Para mayor información acerca del programa “Hacia una

comunicología posible”, ver los artículos de Jesús Galindo

disponibles en la página web del autor:

6 Como representantes de estas corrientes de pensamiento, en el

sistema de información elaborado por el grupo de estudio “Hacia una

comunicología posible” están presentes las obras de Goffman (1972),

Mead (1968) y Watzlawick et.al. (1971), y otras obras que de alguna

manera son cercanas o recogen parte de las ideas planteadas desde

las corrientes anteriores: Marc y Picard (1992), Mucchielli (1998).

7 De hecho, el feed-back o retroalimentación es el concepto que

marca la diferencia entre ambos modelos de la comunicación. El

modelo lineal de Shannon y Weaver se fundamentaba, básicamente, en

la relación unidireccional entre emisor, mensaje y receptor. Con el

modelo circular, por tanto, se vislumbra la posibilidad de la

respuesta, que dota de circularidad y hace más interactivo el

proceso de comunicación.

8 Citado en Winkin (1982: 77).

9 Los tipos de interacción nos remiten a la diferencia establecida

entre señales analógicas y señales digitales. Las primeras se

refieren a lo que se conoce como comunicación no verbal, esto es, a

los gestos, las posturas, el paralenguaje, etc., a todo lo que no

remite a unos códigos concretos. Por su parte, las señales digitales

están sujetas a palabras comprensibles a partir de un código

determinado, y serían lo que comúnmente se conoce como comunicación

verbal, hablada. Junto a esta clasificación, la Escuela de Palo Alto

abordó la comunicación a partir de la distinción entre interacción

simétrica y complementaria. Suscribiendo a Mucchielli (1998), esta

distinción favorece la constitución de roles complementarios: por un

lado el individuo sumiso favorece el rol autoritario del que manda,

y por el otro, ambos miembros pueden instaurar y mantener la

igualdad de posiciones e intercambian sus interacciones a modo de

espejo.

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Dra. Marta Rizo García

Profesora-investigadora de la Academia de Comunicación y Cultura de

la Universidad de la Ciudad de México, México DF, México.